Por: Génesis Anangonó Chalaco * @genestefa

Foto: proceso Ojo Semilla Ecuador

 

Publicado 18 de julio del 2022

Cuando hablamos de periodismo inmediatamente pensamos en la mentada objetividad que, en las escuelas de periodismo, nos enseñan y exigen. Cuando hablamos y pensamos en periodismo aparece una regla (casi) obligatoria que nos exige pensar el periodismo como una práctica distante y fría que únicamente narra hechos; hechos que, para colmo, son contados por fuentes “oficiales” que nos dicen qué es real y qué no, legitimando únicamente la parte de la historia que ellxs deciden contar.

Desde el ejercicio del periodismo feminista se entiende que el periodismo puede (y debe) ser más cercano, más humanista y al servicio de las mujeres, de las comunidades, y de todxs aquellxs cuya voz históricamente ha sido excluida de la agenda mediática. Y es que el periodismo feminista es, como dice la periodista peruana Gabriela Wiener, “algo más que un tipo de periodismo especializado” pues si bien busca visibilizar y denunciar las estructuras opresivas que propician la violencia contra las mujeres y las personas de las disidencias sexo genéricas, también busca posicionar sus voces en los espacios en los que no están. Y si bien el periodismo feminista ha logrado cuestionar y romper con las narrativas clásicas de los medios de comunicación -sobre todo los tradicionales- aún le queda incluir en su prática la tan necesaria interseccionalidad.

 

 

Periodismo, feminismo e interseccionalidad

Entre las personas que se nombran a sí mismas como feministas, es cada vez más frecuente escuchar el término “interseccional” y esto, personalmente, me alegra. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que, como la “diversidad”, puede ser usada como una clase de adorno en el discurso para intentar legitimar las prácticas de un espacio o, en este caso, un medio para poder nombrarse “inclusivo”.

Hace unos meses atrás un medio que se nombra feminista, invitaba a mi amigx –disidente, negrx y feminista– a escribir un texto sobre las violencias que las mujeres negras y afrodescendientes vivimos cada día. Respondiendo a los procesos de construcción colectiva que hemos aprendido de las mujeres negras que nos preceden, mi amigx nos invitó a escribir ese texto de manera colectiva.

Escribimos un “texto que tenga el potencial de incendiar”, tal como lo solicitó una parte del equipo de ese medio, pero al momento de las revisiones finales, justamente, las partes que narraban nuestros sentires y las violencias a las que –por negras y afrodescendientes– somos sometidas fueron eliminadas. No solo se habían eliminado nuestras voces, también intentaron decirnos qué sí y qué no está bien para nosotrxs como población negra: hablábamos de salud mental y de la necesidad de poder acceder a terapia psicológica como parte de la reparación histórica que, las personas negras y afrodescendientes, merecemos y exigimos; sin embargo, una de ellas nos dijo que era mejor hablar de “bienestar mental” porque “la terapia psicológica es blanca y de occidente”, deslegitimando así a la psicología y replicando el estereotipo de que lxs negrxs somos felices y no requerimos acceso a servicios de salud mental.

Frente a esto, de manera colectiva, tomamos la decisión de que nuestros ya mutilados sentires no podían ser publicados en un espacio que deslegitima nuestras voces y experiencias, porque estas no se ajustan a sus procesos y líneas editoriales tokenistas, que solo buscan parecer diversos e interseccionales a costa de nuestras experiencias de vida, para adornar su blanco medio. Cuando les comunicamos nuestra decisión de no publicar el texto, dijeron que ellas únicamente realizaron “la edición y corrección de estilo como se habitúa en los medios”. Su comentario me molestó, porque como ellas bien saben: yo, justamente, vivo de escribir en medios de comunicación; y por ello entiendo las necesidades editoriales de corrección y edición, pero también conozco de cerca cómo se hace el periodismo feminista al que también me adscribo. Y justamente, desde ese ejercicio diario sé y entiendo que no se puede pensar en periodismo feminista sin empatía, sin un trabajo colectivo y sin estar dispuestxs a aprender, entender y de-construir nuestros conocimientos previos.

Para este punto del texto muchxs de ustedes se preguntarán ¿Por qué traer a colación esta experiencia? o están pensando en lo mismo que ellas: “hipersensibilidad”, pero justamente esta experiencia es, ahora mismo, la más cercana que tengo para narrar cómo el periodismo aunque sea feminista puede no ser interseccional y allí radica la importancia de apostar a un periodismo feminista e interseccional, un periodismo que narre las historias de las mujeres, de las personas racializadas, empobrecidad, de lxs disidentes, pero haciéndolo desde sus propias voces y considerando sus experiencias de vida como experiencias y no solo como una historia en las páginas de los medios, porque como explica la periodista trans Láurel Miranda: incluir voces de personas afrodescendientes, indígenas, disidentes no es garantía de un verdadero ejercicio de interseccionalidad, porque “esto no garantiza que vayan a tener una incidencia en la toma de decisiones editoriales o que puedan participar en la construcción de la agenda periodística. A veces solo se trata de un lavado de cara ante la sociedad para decir que son diversxs”.

 

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¿De qué va la interseccionalidad?

El término interseccionalidad fue acuñado en 1989 por la académica y abogada Kimberlé Crenshaw, que utilizó esta categoría para explicar “el fenómeno por el cual cada individuo sufre opresión u ostenta privilegio en base a su pertenencia a múltiples categorías sociales”. Así logró visibilizar cómo las diferentes categorías sociales generan opresiones y privilegios al entrelazarse entre sí.

Cuando el periodismo se pone las gafas del feminismo y además le suma las de la interseccionalidad logra desenmascarar la creencia social, y la premisa del sistema y del feminismo hegemónico que postula que las mujeres y las personas somos un grupo homogéneo. Porque si bien la desigualdad tiene un mismo origen, esta crece y se intensifica a medida de que otras categorías sociales se entrecruzan, por ejemplo: es una realidad que las mujeres experimentamos violencia por cuestiones de género, pero no es la misma violencia que enfrentará una mujer rural, empobrecida, negra y trans. Porque cada una de esas categorías implicará también una violencia específica. Y justamente eso es lo que nos permite el periodismo feminista e interseccional: mirar desde diversos puntos de vista, para así integrar esas múltiples realidades que las mujeres, las personas racializadas, empobrecidas y de las disidencias sexo-genéricas vivimos por el simple hecho de no estar dentro de la visión eurocentrista, heterosexual, normativa, racista, clasista y academicista que rige a nuestras sociedades.

En el periodismo feminista es necesario pensar en la interseccionalidad como un eje fundamental, puesto que es equívoco que a través de la comunicación y el periodismo se aplane la diversidad y se asuma que todas las experiencias son iguales y deben estar normadas, únicamente, por nuestras preconcepciones y experiencias. El periodismo feminista busca  ser la antítesis del periodismo tradicional y hegemónico que solo incluye en sus relatos las voces de hombres blancos y de sectores privilegiados.

El periodismo feminista busca narrar las historias no oficiales, de lxs cuerpxs que a los Estados y a las sociedades parece no importarles, entendiendo que todo es una consecuencia directa de las condiciones materiales y sociales a las que esxs cuerpxs han sido sometidxs históricamente. El periodismo feminista –y los feminismos diversos– buscan interpelar al poder y también de explicar cómo las múltiples opresiones construyen realidades que, para ser entendidas, deben ser narradas desde una lectura integral que considere lo social, lo histórico y lo político; y brinde detalles de por qué de ciertos fenomenos sociales que parecen aislados, se replican con frecuencia y constituyen una realidad para muchxs que, por las narrativas hegemónicas de los medios de comunicación, piensan que son lxs únicxs que las enfrentan.

Hay que narrar historias de mujeres, de personas de las disidencias sexo-genéricas, de personas indígenas, afrodescendientes y consolidar esas voces y, como en la militancia feminista, a las periodistas feministas aún nos hace falta incluir, en la práctica, esta necesaria categoría que como dice Yarlenis Mestre, editora de Afrocubanas, “es una invitación para nombrar y retirar a la norma de ese lugar de la universalidad y la neutralidad”, puesto que la interseccionalidad también “nos permite pensar en ese privilegio que nos garantiza el acceso a un conjunto de normas y espacios, frente a las personas que se oponen a esta norma”.

Como explicó la periodistas Láurel Miranda “la interseccionalidad nos obliga como periodistas a tener un sitio de habla” y entender que el periodismo no busca “darles voz a los que no tienen voz”, sino por el contrario: tomar conciencia de que todas las voces son válidas y, desde distintos puntos, deben ser amplificadas. Hacer periodismo feminista desde la interseccionalidad y lo popular es un camino colectivo, dice Lau Salóme, editora de Marcha.org. Ella considera que la interseccionalidad permite interpelar, conocer para quiénes comunicamos y cuáles son los mundos posibles que estamos proyectando.

“Para nosotras hablar desde el periodismo interseccional es, precisamente, hablar con quienes se están tomando la palabra”, con ella coincide Quimy de León, de Revista Ruda, y explica que la producción periodística feminista ubica “a las sujetas y lxs sujetxs en el centro, reconociendo sus luchas, sus privilegios y entendiendo cómo están sobreviviendo para enfrentar la realidad. Allí radica la importancia editorial del periodismo interseccional: en entender cómo el modelo al ser potenciado con el modelo patriarcal, permite que las comunidades se organizan para resistir y generar cambios sociales”.

Como dice Lau Salomé: hacer periodismo feminista e interseccional es resistir día a día y, nosotras como periodistas feministas, también somos sujetas “que si bien no estamos en el centro de nuestras historias, tenemos un lugar protagónico al ser quienes narran las acciones de las y lxs sujetxs organizadas”, dice. Por ello es necesario pensarnos como periodistas y re-pensar, también, el periodismo feminista, para convertirlo en un ejercicio interseccional y al servicio de quienes luchan día a día para romper con las estructuras que, de una u otra forma, nos oprimen a todxs.

Para conocer más sobre periodismo feminista e interseccional te invitamos a revisar el foro “Miradas interseccionales en el periodismo feminista” en marco del Festival Zarelia: Periodismo, Medios Digitales, Género y Feminismos 2021 en el que participaron: Yarlenis Mestre (Afrocubanas – Cuba), Láurel Miranda (El Heraldo – México), Lau Salome (Marcha.org – México) y Quimy de León (Ruda Gt- Guatemala).

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*Génesis Anangonó Chalaco: Es periodista feminista y militante antirracista. Fue periodista en Wambra Medio Digital Comunitario, 2019, 2021 y  parte de la equipa organizadora del Festival Zarelia en 2020 y 2021. Actualmente es parte de la Movida Feminista y docente en la Universidad Intercultural Amawtay Wasi.

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